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Cine: Robert De Niro cumple 70 años

El 17 de agosto de 1943, o sea, hace justo setenta años, una comadrona del Greenwich Village de Nueva York se quedó pasmada cuando el recién nacido al que animaba con unos azotes y unas palabras cluecas torció el morro y le dijo aquello de «¿Me estás hablando a mí, eh…, me estás hablando a mí?»… Pero, aclaremos, que lo que hoy se celebra no es el setenta aniversario de esta frase aparentemente vulgar, pues no sería hasta treinta y tres años después cuando su autor la homologara con ocasión de su segundo y gran nacimiento (al cine) arrojándola al espejo de Scorsese en «Taxi Driver». Lo que se celebra hoy es el setenta aniversario del nacimiento de aquel bebé, al que conocemos con el nombre de Robert De Niro.

A sus setenta años, y con una filmografía tan bien surtida como el bar del Palace, curiosamente Robert De Niro no ha vuelto a decir otra frase mejor que aquella, ni siquiera ésa que dijo en «Heat» de «no te ates a nada que no puedas dejar en menos de 30 segundos cuando la poli te pisa los talones».

Porque De Niro no ha sido nunca un actor de frase (y como persona, es célebre el apuro que pasan ante él sus entrevistadores cuando, tras esas preguntas elaboradas y relamidas, sólo contesta con el salivazo de un sí o de un no), sino un actor de cuerpo entero, de esos que convierten la profesión en una sobredosis, en un atracón de fabes o de pilates…

Los pellejos de LaMotta En De Niro, la declamación no es cosa de garganta, sino de organismo, complexión, de tal modo que cuando ganó el Oscar por «Toro salvaje» lo que realmente se merecía era un récord Guiness porque interpretó a Jake LaMotta metiéndose en sus dos pellejos, el atlético y vigoroso del mejor peso medio de la historia y en el reventón y seboso de años y mala vida después. De Niro declamó con su organismo 27 kilos de quita y pon. Y casi aún más sorprendente fue cuando apareció, al año después de su frágil personaje en «Despertares», dentro de aquel saco de músculos en «El cabo del miedo» y miraba a la cámara con esos ojos que ablandan un puñado de garbanzos sin necesidad de ponerlos a remojo.

Ese modo suyo de declamar a sus personajes han hecho de Robert De Niro el mejor actor del mundo para llevar un traje negro sin necesidad de chaqueta, e incluso incorporar a ese tipo bronco, torvo y peligroso a la comedia (en «Los padres de ella», junto a Ben Stiller, o «Una terapia peligrosa», junto a Billy Cristal, cambia de modo magistral la sensación de avispero por la de sonajero y risa) o al drama. Lo que no ha hecho nunca Robert De Niro, y en eso se parece a Billy Wilder o a Cary Grant, es un «western»…, como si tal cosa no le pegara con su físico. Pero, por lo demás, De Niro es el John Wayne de la cosa nostra. El Laurence Olivier de casino. La Bette Davis del Bronx.

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